23 de junio de 2015: Despedida desde Quebec – Fin del diario de viaje

No llegué a casa después del viaje hasta las cinco de la tarde del día 25 de junio. Pero hace tiempo que me pasa una cosa. Cuando comienzo el retorno a casa al final de un viaje, lo cual dura más o menos dependiendo lo lejos que esté, mi cabeza está como pesada, confusa. Así que recojo las cámaras, preparo lecturas poco trascendentes, ligeras, revistas en su mayor parte, y me preparo para hacer el desplazamiento con la mente lo más ligera y vacía posible.

En esta ocasión, la última noche en Canadá la pasé en la ciudad de Quebec. Desde aquí, en un tren me desplacé a Montreal, donde cogí el avión que me llevó en vuelo nocturno (“red eye” dicen con toda razón los anglófonos) a París, y de aquí a Madrid, y en tren a Zaragoza. Algo más de 24 horas de viaje.

Por lo tanto a efectos de diario fotográfico de viaje, este 23 de junio fue el último día. Por la mañana, el desplazamiento en autobús desde Tadoussac hasta la ciudad de Quebec. Que fue un poco a la inversa que a la ida. De una mañana despejada, con desayuno tempranero al aire libre a una llegada a Quebec con tormentas y lluvia.

"Estación de autobuses" de Tadoussac; es decir, la gasolinera frente al camping en la carretera.
“Estación de autobuses” de Tadoussac; es decir, la gasolinera frente al camping en la carretera.
Quebec bajo la lluvia a mi llegada al hotel St-Paul.
Quebec bajo la lluvia a mi llegada al hotel St-Paul.

Nada más llegar a Quebec, esperé un rato en el hotel a que la lluvia y las tormentas amainaran un poquito. Lo que aproveché para preparar el equipaje para el viaje de regreso. Cuando la tarde se tranquilizó, decidí aprovechar para unos últimos paseos por la ciudad. En primer lugar en la zona del puerto viejo que no había recorrido todavía, pero sobre todo por el Viejo Quebec, que estaba mucho más tranquilo de gente que unos días antes.

Barcos piloto y remolacadores preparados para guiar los mercantes por el río San Lorenzo.
Barcos piloto y remolacadores preparados para guiar los mercantes por el río San Lorenzo.
La Place Royal con las marcas en el suelo del antiguo emplazamiento de sus edificios más antiguos.
La Place Royal con las marcas en el suelo del antiguo emplazamiento de sus edificios más antiguos.
El cartel de Kodak, en este establecimiento del barrio del Petit-Champlain, es de adorno; ya no se venden películas Kodak en ninguna parte.
El cartel de Kodak, en este establecimiento del barrio del Petit-Champlain, es de adorno; ya no se venden películas Kodak en ninguna parte.
Las copias fieles de las antiguas baterías francesas apuntan hacia el San Lorenzo.
Las copias fieles de las antiguas baterías francesas apuntan hacia el San Lorenzo.

Conociendo la precisión de las previsiones meteorológicas, busqué que me dieran las siete de la tarde, hora a la que estaba anunciada una tormenta, en la Terrasse Dufferin, donde hay lugares para guarecerse llegado el caso. No falló el pronóstico del tiempo. Y el sol de la tarde mezclado con la lluvia nos regaló un magnífico arco iris.

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Llegadas ya las ocho de la tarde bien dadas, todo fue cuestión de buscar un lugar para cenar, y luego ir paseando tranquilamente por unas calles mucho más desiertas que la experiencia previa de unos dáis antes; supongo que el mal tiempo dejó a propios y extraños en sus hogares o alojamientos. En cualquier caso, con esto despido mi viaje por Canadá. Hasta la próxima.

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22 de junio de 2015 – tarde: Paisajes iluminados por el sol en Tadoussac

Tras la excursión buscando cetáceos, y habiéndose quedado un día espléndido de sol y calma, aunque no necesariamente con temperaturas altas, para la tarde de este, preludio de los que vendrán en los que todo será el regreso y el final de vacaciones, sólo queda coger las cámaras e ir recorriendo los parajes del entorno de Tadoussac para buscar bonitas fotografías de paisaje que ilustren el futuro libro dedicado al viaje.

La playa, la pequeña iglesia, la reconstrucción del puesto de trata de pieles, el hotel Tadoussac, el puerto, y por supuesto, de nuevo un paseo por ese magnífico lugar que es la Pointe de l’Islet, quizá con la oportunidad de ver la evolución de algún cetáceo en el mar, y más probablemente con las buenas luces de las horas del final de la tarde. Esta es una tarde que sabe ya a despedida. Aun me queda para una entrada más en este diario de viaje,… pero esta penúltima entrada ya sabe a despedida.

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22 de junio de 2015 – mañana: “Cazando” ballenas (léase “observando”)

Dentro de lo que es el largo recorrido del río San Lorenzo, desde el comienzo de su curso oficial en el lago Ontario hasta que sus aguas se mezclan con las del Océano Atlántico, se denomina estuario del San Lorenzo todo el tramo en el que empiezan a mezclarse las aguas dulces que transporta de tierra adentro con las aguas saladas del golfo de San Lorenzo donde oficialmente desemboca. Se reconocen varios tramos distintos dentro en el curso del estuario. Pero justamente donde termina el estuario medio y comienza lo que se denomina el estuario marítimo, en el que predominan las aguas saladas, está la desembocadura del Saguenay y la población de Tadoussac, a la que me desplacé en el tramo final de mi viaje por Canadá.

No voy a extenderme ahora en intentar explicar los motivos geológicos y biológicos, pero el caso es que esta zona es apropiada para la observación de distintas especies de cetáceos. Ballenas, para abreviar. Y una de las principales atracciones del lugar es esta, la observación de ballenas. Básicamente, hay dos posibilidades. O compras pasaje para un barco, o un puesto en una lancha zodiac. Estas últimas tienen más posibilidades, por ser más rápidas, más maniobrables. Pero no puedes hacer fotos. Vas sujeto con arneses y no puedes llevar bolsas, ni te garantizan la seguridad de ningún tipo de equipo fotográfico. Así que habíamos previsto la primera de las opciones.

La mañana salió nublada, aunque la previsión meteorológica era de que saliese el sol relativamente pronto. La salida estaba prevista a las 9:45. La duración de la excursión, unas tres horas y media. Efectivamente a esa hora las nubes se habían despejado. Bueno… casi todas. Porque habían quedado bancos de niebla en todo el estuario.

Mientras embarcamos, las nubes van levantándose y abriéndose en el cielo.
Mientras embarcamos, las nubes van levantándose y abriéndose en el cielo.
Nada más salir, doblamos la Pointe de l'Islet, donde estuve paseando la tarde anterior.
Nada más salir, doblamos la Pointe de l’Islet, donde estuve paseando la tarde anterior.
A pesar de que el sol sale, la bruma a ras de agua enfría el ambiente y el viento que mueve el barco al avanzar obliga a protegerse.
A pesar de que el sol sale, la bruma a ras de agua enfría el ambiente y el viento que mueve el barco al avanzar obliga a protegerse.
La bruma es tal, que una fotografía de la bióloga que da explicaciones en el barco, a unos diez metros de distancia,  aparece con poco contraste y algo difuminada.
La bruma es tal, que una fotografía de la bióloga que da explicaciones en el barco, a unos diez metros de distancia, aparece con poco contraste y algo difuminada.

La primera parte de la excursión tiene un éxito relativo. Se avistan un par de rorcuales enanos (ballenas que “sólo” miden 12 metros de longitud). Yo voy en la banda de babor y se observan a estribor. Llego a ver al segundo de ellos, pero no alcanzo a hacerle ninguna fotografía. Se mueven muy deprisa. Mientras, el banco de niebla no desaparece, sino que se llega a hacer más denso.

El barco avanza con todas sus luces dadas, y de cuando en cuando emite algún sonido, aunque discreto.
El barco avanza con todas sus luces dadas, y de cuando en cuando emite algún sonido, aunque discreto.
El faro de Haut-Fond Prince, señalando los peligrosos fondos de la zona surge como un fantasma entre la niebla.
El faro de Haut-Fond Prince, señalando los peligrosos fondos de la zona surge como un fantasma entre la niebla.

Dada la situación, el capitán del barco decide dirigirse hacia el fiordo de Saguenay, una zona en la que son frecuentes los avistamientos de belugas. Unos cetáceos que a veces son llamados “ballenas blancas”, nada que ver con Moby Dick, pero que en realidad parecen estar más emparentados con los delfines que con las auténticas ballenas, aunque son más grandes que aquellos. Toda la zona del fiordo de Saguenay en su confluencia con el estuario del San Lorenzo es una parque nacional canadiense, con un elevado nivel de protección de la naturaleza.

Dejamos atrás las brumas y nos acercamos a tierra y a la desembocadura del fiordo de Saguenay.
Dejamos atrás las brumas y nos acercamos a tierra y a la desembocadura del fiordo de Saguenay.
Siendo como es un fiordo auténtico, de origen glaciar, no posee los altos desniveles de los fiordos noruegos, pero también presenta algunos paisajes interesantes.
Siendo como es un fiordo auténtico, de origen glaciar, no posee los altos desniveles de los fiordos noruegos, pero también presenta algunos paisajes interesantes.
Las belugas no dan grandes saltos como los rorcuales enanos u otras ballenas, pero no es difícil ver asomar sus lomos blancos cuando suben a respirar.
Las belugas no dan grandes saltos como los rorcuales enanos u otras ballenas, pero no es difícil ver asomar sus lomos blancos cuando suben a respirar.
El movimiento que realizan es muy rápido, por lo que es fácil verlos, pero no tanto el fotografiarlos. La cámara está en modo ráfaga, preenfocada, con un diafragma cerrado para aumentar la profundidad de campo, y una sensibilidad relativamente alta para permitir velocidades de obturación altas que eviten la trepidación. Pero no es fácil fotografiar a estos animales cuando no te lo ponen fácil.
El movimiento que realizan es muy rápido, por lo que es fácil verlos, pero no tanto el fotografiarlos. La cámara está en modo ráfaga, preenfocada, con un diafragma cerrado para aumentar la profundidad de campo, y una sensibilidad relativamente alta para permitir velocidades de obturación altas que eviten la trepidación. Pero no es fácil fotografiar a estos animales cuando no te lo ponen fácil.

Conforme va avanzando la hora, el barco deja de buscar grupos de belugas y comienza a volver a puerto, recorriendo el fiordo de Saguenay a la inversa. Dado cómo se ha comportado el día, y con el frío que hace en cubierta, recojo la cámara con el teleobjetivo, y dejo fuera sólo la compacta.

Avanzando hacia la desembocadura del fiordo de Saguenay en el estuario del San Lorenzo.
Avanzando hacia la desembocadura del fiordo de Saguenay en el estuario del San Lorenzo.

Y mira tú por donde, que cuando apenas quedan entre cinco y diez minutos para llegar a puerto, cerca de la Pointe de l’Islet, donde pasé la tarde anterior, aparece un rorcual enano, que podemos ver evolucionar. También me pilla con la borda cambiada, pero aún consigo captar la cola del animal cuando se introduce en el mar en una de las fotografías. El capitán del barco para la nave y espera a ver si el rorcual vuelve a salir; pero no hay manera. Como dice la bióloga, no sabe que ha pasado, pero se han producido la cuarta parte de los avistamientos que el día anterior en cualquiera de los tres viajes que realizaron. Mala suerte.

El barco comienza a doblar la Pointe de l'Islet para tomar la embocadura de la bahía de Tadoussac, donde tiene su puerto.
El barco comienza a doblar la Pointe de l’Islet para tomar la embocadura de la bahía de Tadoussac, donde tiene su puerto.
Momento en que, justo en la entrada de la bahía de Tadoussac, avistamos un rorcual enano evolucionando en superficie.
Momento en que, justo en la entrada de la bahía de Tadoussac, avistamos un rorcual enano evolucionando en superficie.
Finalmente, el viaje acaba y atracamos en Tadoussac. Ha sido divertido, a pesar de la timidez que han mostrado ese día los cetáceos.
Finalmente, el viaje acaba y atracamos en Tadoussac. Ha sido divertido, a pesar de la timidez que han mostrado ese día los cetáceos.

21 de junio de 2015: En Tadoussac, con lluvia y nubes

Cojo el autobús hacia Tadoussac por la mañana. La distancia no es extraordinaria, 215 kilómetros, pero entre unas cosas y otras son más de cuatro horas de viaje, con parada de tres cuartos de hora en La Malbaie. Llueve durante todo el trayecto. Afortunadamente, cuando llego a Tadoussac la lluvia ha remitido, porque desde la parada del autobús hasta el hotel hay 20 minutos caminando con poco resguardo.

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Tras espabilarme un poquito, me doy un paseo para situarme en el lugar. Situado en el estuario del San Lorenzo, donde este se abre y sus aguas se mezclan con las del mar, está en la confluencia con el fiordo de Saguenay. El lugar tiene gran belleza, aunque de forma tranquila, sin grandes alaracas. Así que el paseo me lleva básicamente a la playa de la bahía de Tadoussac, que encuentro con la marea baja, y al recorrido por la Pointe de l’Islet, justo en la confluencia del Saguenay con el San Lorenzo. Un lugar de observación de la vida animal. Aunque los animales no parece que estén muy por la labor esa tarde. Y eso que hay quienes lo intentan con interés.

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20 de junio de 2015 – tarde/noche: Cascadas de Montmorency y despedida (de momento) de Quebec

Después de comer, cojo un autobús hacia el distrito de Beauport, el más extremo por el nordeste de la capital quebequesa, en cuyo límite con la población de Boischatel se encuentra la cascada (oficialmente) o cascadas (oficiosamente, según los quebequeses) de Montmorency. Todo dependen de cómo cuentes y a partir de qué tamaño consideres cascada. En fin, en topónimo local, la Chute-Montmorency, y el parque que la rodea. Esta vistosa cascada de 83 metros de alto tiene un sistema de pasarelas y escaleras, unido a un teleférico, que permite hacer un recorrido en torno a la misma y es una entretenida atracción natural dentro de, o mejor dicho, en los límites de Quebec.

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Una vez agotadas las posibilidades del parque, y conforme la cascada queda definitivamente en la sombra por la progresiva caída de la tarde, vuelvo al centro de Quebec, donde paseo por las murallas y la animada rue de Saint-Louis, antes de cenar y retirarme tras contemplar las evoluciones de un equilibrista callejero. Es la última tarde en Quebec, de momento, y al día siguiente hay que viajar.

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20 de junio de 2015 – mañana: La herencia católica de Quebec

Es algo en lo que hacen hincapié todas las guías o artículos informativos que he leído sobre Quebec; la importancia de la iglesia católica y el conservadurismo asociado como forma de resistir a la pérdida de identidad de origen francés, ante el riesgo de absorción cultural bajo el dominio británico. No lo sé. En el tiempo en que he pasado en esta región del mundo, no he percibido en exceso tales hechos. En cualquier caso, dediqué la mañana de este sábado a conocer esa herencia católica quebequesa. Aunque antes, para hacer tiempo a que los templos abriesen sus puertas me paseé por el Viejo Quebec, especialmente por la Terrasse Duferin.

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Es cierto, Quebec tiene su catedral católica, de Notre-Dame. El edificio no es el original, ya que el templo ha sufrido en diversas ocasiones los avatares de los incendios, tanto en tiempos de paz como durante los bombardeos ingleses a la ciudad en el sitio que acabó con el dominio francés en esta parte del mundo.

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Y su más representativa y antigua iglesia católica, de Notre-Dame-des-Victoires, que oportunamente visité. También sufrió los avatares de la guerra con destrucciones y restauraciones. En estos momentos, situada en la coqueta Place Royal, se considera un sitio histórico y goza de la protección del gobierno federal canadiense.

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En cualquier caso, al final de esa mañana, estuve dando una vuelta por la rue Saint-Jean, peatonalizada y con mercadillo, donde comí. Allí me encontré con la iglesia de St-Matthew, esta de origen anglicano, pero desacralizada y convertida en una coqueta biblioteca. En cualquier caso, la zona mostraba una amplia tolerancia hacia todo tipo de ideologías y formas de convivencia, que desmentirían el conservadurismo de la ciudad. No sé.

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19 de junio de 2015 – tarde/noche: En el ferry a Levis

Para lo que queda de tarde, el plan es sencillo. Volver al Viejo Quebec y hacer tranquilamente la travesía de ida y vuelta en el ferry que conecta Quebec con Lévis en la orilla opuesta del río San Lorenzo. Es una travesía que conviene hacerla en uno de dos momentos del día. O al amanecer, con el sol iluminando la ciudad de Quebec, para lo cual habría que madrugar demasiado en el mes de junio, igual ni funcionan los ferrys, o al atardecer, con el sol ocultándose tras la silueta del macizo hotel Chateau Frontenac. Esta es la opción que aquí os muestro.

Tras la travesía, cenar en algún sitio, y aprovechar las últimas horas de débil luz al anochecer, para pasear por las calles del Viejo Quebec.

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19 de junio de 2015 – tarde: Museo Nacional de Bellas Artes de Quebec

Al final de la amplia zona verde que constituye el parque de los Llanos de Abraham, y compuesto por tres edificios, uno la antigua cárcel de Quebec, encontramos el Museo Nacional de Bellas Artes de Quebec, un coqueto museo, sencillito pero agradable, que dedica sus exposiciones permanentes a los artistas locales, también algunas exposiciones temporales de arte contemporáneo. Trae exposiciones temporales de artistas diversos de todo el mundo. Y no faltos de calidad. Una de las que estaban en activo cuando estuve allí era una sobre la influencia de Japón en el arte occidental a partir del siglo XIX, con obras procedentes del País del Sol Naciente, y obras de artistas occidentales influidos por las anteriores.

No mucha gente se acercaba por allí, así que la visita resultó especialmente tranquila.

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19 de junio de 2015 – mañana: Ciudadelas y campos de batalla, todo muy marcial

Quebec fue la capital de Canadá, entendiendo como tal una de las colonias de Nueva Francia, la Norteamérica francesa, hasta 1759 en que fue conquistada militarmente por los ingleses. La ciudad mantuvo su lengua y sus tradiciones de origen francés, pero siempre se consideró, con su situación sobre el cabo Diamante en el río San Lorenzo, como un lugar de gran importancia estratégica.

Desde el momento en que las colonias inglesas que se sublevaron en 1775 se constituyeron en los Estados Unidos de América, siempre se vivió en la Norteamérica británica con el miedo a una agresión y una invasión estadounidense. De hecho hubo una guerra anglonorteamericana en 1812 que se peleó en gran medida en la frontera entre Canadá y los Estados Unidos. Por ello, los británicos fortificaron poderosamente el cabo Diamante y la ciudad de Quebec con una poderosa ciudadela militar.

En esta mañana, visité la mencionada ciudadela así como los Llanos de Abraham, donde se produjo la batalla decisiva que dejó el Canadá bajo dominio británico.

La guarnición de la ciudadela mantiene un aspecto y unas tradiciones muy británicas, aunque se trata del primer (y no sé si único) regimiento canadiense en el que el idioma interno es el francés.
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Una de las estructuras que engloba la ciudadela preexistente en las fortificaciones francesas es el polvorín.
Al más puro estilo “marypoppins”, todo los días a las doce en punto del mediodía se dispara este cañón. Según mi teléfono móvil sincronizado con los servidores de hora global regidos por relojes atómicos, iban 14 segundos retrasados.
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No recuerdo el nombre del guía; pero era un tipo muy amable e instruido, que sabía mantener conversación y dar explicaciones saliéndose o más allá del guion establecido para la visita. Las visitas, tratándose de un acuartelamiento militar, son obligatoriamente guiadas.
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En un polvorín más moderno, ya de construcción británica, encontramos los calabozos de los soldados menos disciplinados.
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Fuera ya de la ciudadela en el Parque de los Llanos de Abraham, encontramos algunas de las torres de vigilancia que conformaban el perímetro más externo de defensa de la posición. Esta dominaba el río San Lorenzo por el oeste.
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Los lugares históricos, como el campo de batalla de los Llanos de Abraham, están bajo la administración federal canadiense, dentro de la red nacional para su conservación denominada Comisión Nacional para los Campos de Batalla. Por supuesto, además de su conservación, se preocupan de preservar la memoria histórica de los lugares.

18 de junio de 2015 – tarde/noche: Aterrizando en Quebec

Tras las atribuladas últimas horas en Toronto, aterrizo en Quebec después de un cómodo viaje con un vuelo doméstico de Air Canada, que lo paso en su mayor parte durmiendo. Una vez en la ciudad de Quebec, capital de la enorme provincia canadiense francófona del mismo nombre, salgo a resolver algunas cuestiones de orden práctico, entre otros lugares a la estación de tren y autobuses, con el fin de ajustar los desplazamientos en lo que me queda de viaje ahora que voy a mi aire. Realizo algunos cambios que se acomodarán a mis necesidades y me abaratarán algo lo que me quedan de vacaciones.

Los alrededores del hotel donde me alojo están llenos de puestos de artesanos dispuestos a aligerar los bolsillos de los muchos turistas que visitan la bella ciudad quebequesa.

Los masivos volúmenes del hotel Fairmont Chateau Frontenac dominan buena parte de las vistas de la ciudad.
Los masivos volúmenes del hotel Fairmont Chateau Frontenac dominan buena parte de las vistas de la ciudad.
No lejos de la estación me siento en una terraza a tomar unas pintas de cerveza "rousse", y a liberarme un poco del estrés de las últimas 24 horas. Este bonito edificio, en ese momento no lo sé, será el hotel en el que pasaré mi última noche en Canadá seis días más tarde.
No lejos de la estación me siento en una terraza a tomar unas pintas de cerveza “rousse”, y a liberarme un poco del estrés de las últimas 24 horas. Este bonito edificio, en ese momento no lo sé, será el hotel en el que pasaré mi última noche en Canadá seis días más tarde.

Tras estos “trámites” y hasta la hora de cenar doy un paseo para orientarme y situarme en el casco histórico de la ciudad, que conserva el regusto a su herencia francesa, mezclada con el hecho de ser una colonia americana. La gastronomía, afortunadamente, es mucho más francesa que inglesa. Tras cenar un “cassoulet” que no está mal, aunque los propios del Midi francés están mejores en mi experiencia, me entretengo un rato viendo a unos malabaristas callejeros bajo la estatua de Samuel de Champlain, uno de los héroes locales de la exploración y la colonización de Norteamérica.

Un barco recreativo, usado para montar fiestas, a modo de discoteca flotante, surca el río San Lorenzo.
Un barco recreativo, usado para montar fiestas, a modo de discoteca flotante, surca el río San Lorenzo.
Cae la noche en el barrio del Petit Champlain en el Viejo Quebec.
Cae la noche en el barrio del Petit Champlain en el Viejo Quebec.
Malabaristas jugando con fuego bajo la estatua de Samuel de Champlain.
Malabaristas jugando con fuego bajo la estatua de Samuel de Champlain.